Predilecciones



Prefiero sentir la lluvia caer, más que verla desde la ventana.
Reír me es indispensable, ser cómplice de carcajadas simétricas, sacarte una sonrisa sólo para saborearla y sentirme un héroe en tus días grises.
Me inspira la luna cuando la veo a través de tus ojos, porque siento que me la acercan.
El infinito me intriga, pero no más que tus labios, que avivan el deseo de lo inexplorado.
Viajar es bello, sobre todo si es por tu cuerpo; perderse y no reconocer el camino de vuelta.
Me embelesa el aroma a azahar, porque anuncia primavera, y es la estación que más me recuerda a ti; será, quizá, por eso de los cerezos.
También me gusta el vino blanco, y beber de tu copa, que es la que más me sacia y la que más me embriaga;
mirar el contraste de tus ojos, que nunca sé si me miran a mí o al horizonte, porque yo suelo estar sumido en su profundidad.
Dormir reconforta, siempre y cuando seamos almohada para el otro.
Soñar debe ser siempre el último recurso, cuando no queden planes que llenen nuestras horas.
Me produce sencilla felicidad posponer, otra vez, el despertador,
perder el sueño y el miedo entre tu abrazo,
reflexionar bajo el agua templada de la ducha
o ausentarme mirando el mar.

Me gustan los cambios de sentido;
cambiar es parte de estar vivo.
Y así te fuiste, y mi inspiración se fue contigo.
Sería estúpido meterte en una jaula, sabiendo que naciste para ser libre.
No es amor aquello que te encadena, cohibiéndote de ser tú mismo.
La vida sólo mira hacia un sentido, y es una decisión que sea hacia adelante.
Mientras yo siga buscando mi rumbo,
tú seguirás cambiando el mundo
con tu sonrisa.


Samuel Álvarez Conejos

Princesita



Cautiva te vi, y así tú me dejarías,
desde el día en que te ofrecí un nuevo hogar
y hasta el día de hoy, que, con manos vacías,
me dejas a mi suerte, en mi propio mar.

Me has visto en mis mejores y peores días,
estabas al acostarme y al despertar,
y aunque es cierto que escapatoria no tenías,
tenías tu territorio particular.

Quisiera haberte visto engendrar alegrías,
las bellezas de tu descendencia admirar,
quizá no invité a las mejores compañías,
pero de amores qué nos vamos a contar.

Aunque supiera que pronto me dejarías,
a tu silencio no me voy a acostumbrar,
y así como eras libre, entre melodías,
tus danzas fluviales voy siempre a recordar.


Samuel Álvarez Conejos

La tenue caída (bis)


Llueve, y al compás de una romanza
un candil consume, voraz, su aceite,
una hoja en su leve caer danza,
y aun cayendo consigo la esperanza,
en su fin, su vaivén es su deleite.

Danza a la penumbra y sigue lloviendo,
el viento da forma a sus cicatrices.

Su alegoría me ha estado advirtiendo:
sólo se puede renacer muriendo;
sólo al caer se vuelve a las raíces.


Samuel Álvarez Conejos

Pájaros en el nido




 Se ha estipulado poner punto y final,
devenir en minuendo y en substraendo.
Pese a que ahora el silencio es lo ideal,
en el nido, pájaros siguen viviendo.
¿En qué instante aquello que es provisional
definitivo al final termina siendo?
Ningún otoño volverá a ser igual,
si bien las hojas continuarán cayendo.

Nunca el tiempo ha querido favorecer
la intrepidez de esta aventura amatoria;
si los planes fracasan -es menester-
improvisar será nuestra trayectoria.
Es tiempo de dejar la lluvia caer
sobre cada palabra y nuestra memoria,
sobre promesas y canciones de ayer,
sobre cualquier ápice de nuestra historia.

Y al volver la primavera y su vigor,
prométeme que seremos parecido
a aquél árbol que recupera su flor,
tal como si nunca la hubiese perdido.
Mientras el invierno ejerce su labor,
yo hasta tu reencuentro, tiempo cumplido,
no volveré a conocer qué es el amor,
 
cual ave migratoria vuelve a su nido.


Samuel Álvarez Conejos

Soneto del fuego


Cuando sube la marea
y el horizonte se acuesta
surgen dudas sin respuesta;
enciendo la chimenea.

La dicción que el fuego humea
me ilumina y me contesta,
su armonía queda expuesta
y su voz me canturrea:

“¿Quíen prevendrá tu caída?
La noche todo subvierte,
te da la fruta prohibida.

La sabia edad te despierte;
misterios hay de la vida
que sólo aclara la muerte."


Samuel Álvarez Conejos

Resquicio de amor extraviado



¿Recuerdas cuando éramos libres?
Solíamos dejarnos atropellar por el viento y reírnos de las mareas,
construir fortalezas de arena, agua y esperanza,
respirar la brisa marina y mezclar su olor con el tuyo,
refugiar tu desnudez en mi abrazo,
combinar nuestras sonrisas para crear una eternidad.

¿Recuerdas cuando no conocíamos el miedo a correr riesgos?
La única preocupación entonces era dormir, soñar y amanecer juntos,
pringarte la boca de yogur con sabor a cereza,
perder de vista el reloj, el móvil y las costumbres,
viajar vendados los ojos a destinos insospechados,
escuchar sin suponer, compartir sin refutar, amar sin calcular.

Ahora sólo quedan los reproches de dos voluntades no satisfechas.
Los mejores amores son los que no se buscan,
y los peores desamores también.
Pero no me culpes por volver a pensar en que seas mi rutina,
por querer rescatar el sabor frutado de nuestro vino,
y pretender que sientas, una vez más, mi tinta en tu piel.



Samuel Álvarez Conejos
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...